Lo primero que hice cuando entré en Maracaibo, al anochecer, fue meterme en un Centro Comercial, el paisaje más habitual de las ciudades venezolanas. Y el lugar donde una gran mayoría pasa los mejores momentos de sus vidas, a juzgar por la permanente recomendación cuando se los requiere sobre que merece la pena conocer de cada ciudad.
Fui a una librería y la única guía de Venezuela que encontré fue la Lonely Planet. Empecé a buscar la zona de hospedajes allí, y lo primero que leí era que Maracaibo era "as hot as hell" y que la ciudad se paralizaba para dormir la siesta. Me parecieron comentarios muy gringos, pero al mediodía del día siguiente era la única persona de pie y soportando la marcha a 50 grados sobre el cemento. El resto dormía estas fotogénicas siestas.
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